DICEN

La ventana Pop

EL FUN EN CLAVE YOÍSTA

Podría afirmar sin reparos que hubo una época en mi vida en la que el Fun Club (a partir de ahora, el Fun) fue algo así como el salón de mi casa. Bien es cierto que entonces vivía en una casa tan pequeña que la idea de convertir cualquier espacio en anexo residencial resultaba tanto una inevitable consecuencia de las ganas de juerga como de la necesidad de respirar. La primera vez que lo pisé (¿1986? ¿1985?) ni siquiera era el Fun. Creo recordar que aquel local se llamaba Acuarela y fue de los primeros en abrir camino a los modernos de la época, mayoritariamente enclavados entonces en la zona de la Alfalfa, rumbo a la Alameda de Hércules. En Calatrava estaba el Roll Dancing, una pista de patinaje ocasionalmente reconvertida en sala de conciertos donde Pepe Benavides, entre otros asuntos, ejercía como DJ. Pero ahí, rodeada por un cinturón canalla cuya depauperación resulta hoy difícil imaginar, acababa de un seco tajo todo atisbo de modernidad. Acostumbrado a las (grandes) dimensiones del Roll Dancing, la posibilidad de que el Fun, un local pequeño, se convirtiera en epicentro de la música en directo en Sevilla durante lo que quedaba de los 80 y buena parte de los 90 resultaba algo tan inesperado como inopinado. De hecho, no creo que se pretendiera. Aquello era un club para escuchar un cierto tipo de música, grabada o en directo, y alternar con gente a la que ese tipo de música le gustaba tanto como a ti. Pero con Dogo reinando en una cabina a la que de cuando en cuando también subía Pepe, y en la que no faltaban voluntariosos espontáneos, y con su pequeño escenario cotizando al alza como punto de parada obligado para grupos nacionales en gira, el Fun se vio lanzado a otra órbita: poco a poco se transformó en el club, ese epicentro acaso involuntario donde sucedían las cosas, el sitio donde no sólo había que estar, sino también donde daba gusto pasar toda la noche. Tenía sus riesgos, eso sí -aún no entiendo cómo no me partí la crisma en más de una ocasión, antes de la mudanza a la casa pequeña, subido en mi ciclomotor, y seriamente perjudicado, rumbo a la afueras-. Su ubicación, pionera en la reconquista ciudadana de la Alameda, propiciaba escenas pintorescas, atracos al margen, que hoy se recuerdan con una sonrisa, pero que entonces daban temblores. Por ejemplo… Pepe se compró una cámara de vídeo doméstico -un mamotreto inmenso, mucho más aparatoso que las cámaras profesionales de hoy- con la intención de documentar el inagotable catálogo de bandas que pasaban por el escenario del Fun. Una tarde se le ocurrió probarla en la puerta, con la acera llena de lumis buscándose el jornal. No, aquellas miradas recelosas no presagiaban nada bueno. De hecho, pronosticaban una suerte de amotinamiento con componente chantajista: en menos de una hora el acceso al Fun estaba copado por las pilinguis y sus apoderados exigiendo a Pepe la cámara so pretexto de que éste en realidad fuera a vender las imágenes a alguna televisión y que, a la postre, éstas sirvieran como recurso a alguna noticia sobre prostitución. Enrevesado y real. Así eran las cosas. Pepe optó por una sabia decisión salomónica: la cámara ni loco, pero aquí tenéis la cinta. Todo aquello se fue calmando -bueno, algún grupo aún fue asaltado tras su concierto, caso de los cordobeses Yacentes, navajazo incluido- en la medida en que la fisonomía de la Alameda mutaba -comercio y civilización van de la mano- al amparo de la iniciativa empresarial. Abrían más bares -muchos menos de los que hay hoy, claro, y menos diseñados– y el bulevar mudaba su piel. Para entonces yo ya era vecino de Pepe, y no me refiero al hecho de frecuentar el Fun casi a diario -o a noctario, para ser más exacto-. Mi pequeño ático estaba justo encima de su piso, en la zona de la Alameda, por supuesto. De hecho, fueron él y su pareja, Emilia, quienes me avisaron de que aquel camarote estaba libre. A partir de ahí la relación con ambos se hizo aún más cercana, incluso si me lo permite, más entrañable. Y eso también se trasladó a mi relación con el Fun. Me encargué durante varias temporadas de elaborar los pasquines mensuales que daban cuenta de la programación de conciertos -un trabajo artesanal en su confección, todavía ajena a los avances informáticos-, aunque con lo que más disfruté fue con mis incursiones en su cabina, constantes durante una buena época -la que distó entre el abandono de Dogo y la entronización como DJ residente de Diego, que terminó siendo al local lo que Sean Connery a la saga Bond: el mejor-. Sí, en la cabina del Fun experimenté ese comprensible subidón que la radio, mi ocupación principal durante años, no te deja ver: cómo reacciona el público ante tal o cual canción, como ese corte puede hacer que, de pronto, las conversaciones enmudezcan y las miradas se dirijan al pincha, mientras los pies nerviosos siguen el compás, en una inequívoca muestra de agradecida complicidad. En el Fun he disfrutado de cientos de conciertos de toda condición. Recuerdo con claridad cuando Los Enemigos, en su primera visita a la ciudad, dejaron a más gente fuera que dentro de un interior abarrotado; recuerdo a los franceses Les Thugs firmando un concierto memorable ante no más de una docena de espectadores; al fallecido Kike Turmix haciendo moshing y estampándose contra el piso; a un entonces desconocido Dominique A… Me recuerdo junto al hoy desaparecido Mario Pacheco presentando el Mala reputación de Dogo y Los Mercenarios o intentando convencer a Pepe de que le diera una oportunidad a Sr. Chinarro -“es que a Antonio no se le entiende cuando canta”, me replicaba; eran los comienzos tenebrosos-. Conciertos, muchos. ¿Pero qué me dice de la cabina? En una ciudad con una normativa municipal deleznable, que pone trabas al hecho de pinchar en bares perfectamente acondicionados mientras que chiringuitos al aire libre dan la brasa durante toda la madrugada -por no hablar de los ensayos de las bandas de cornetas y tambores en calles, plazas y descampados, que ése es otro tema-, la cabina del Fun fue un acogedor oasis abierto y, otra vez, pionero: en plena eclosión del breakbeat, el enorme DJ Man se hizo con las sesiones de los jueves y nos tiró de las orejas a más de uno (nos las hizo más grandes y abiertas). Ya no voy tanto por allí, y supongo que es lógico -la edad, la familia, otras responsabilidades y, por qué no, una incómoda pereza-, pero escribiendo esto no puedo evitar cierta nostalgia -uff, ese camerino-almacén, una cueva llena de peligros con el simpar Abdón ejerciendo de cancerbero-. Afortunadamente sin sombra de pesadumbre: el Fun es hoy de quienes todavía no habían nacido cuando éste abrió sus puertas; como mucho, de quienes dieron sus primeros pasos al mismo tiempo. Eso ha asegurado su vigencia hasta la fecha. Espero que siga así, por lo menos, veinticinco años más.

Blogin´in the wind

Ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo. Al igual que la Puerta de Alcalá, en el Fun Club también conviven pasado y presente. Y en el futuro se atisba que todavía seguirá ahí, y toda la vida sevillana seguirá pasando por su mirada. Hace veinticinco años yo hacía el “Píntalo de negro” en la radio los sábados por la tarde y un rato después de terminar  empezaba a hacer “La hora de los malditos” Juan Diego Fuentes, al que todos conocéis como el Dogo, por lo que algunas tardes solíamos coincidir por allí. Una de esas veces me dijo que al día siguiente inauguraban el club que había montado junto a Pepe Benavides y algún socio más y esperaba verme por la fiesta. Así que aquel domingo me fui para allá junto a mi mujer, mi hermana y su futuro marido, un tío muy alto (en el barrio siempre le llamábamos Antonio el Largo), que sin ser guapote del todo, podemos decir que tenía un buen mirar. El caso es que mientras estábamos por allí, la chica que acompañaba a Miguel Ángel Iglesias se empeñó en bailar con mi futuro cuñado en detrimento de su pareja… cosa que Miguel Ángel se tomó bastante mal, y el buen rato estuvo a punto de devenir en suceso chusquero, si mi Manuela no hubiese tenido el buen tino de decir que se le habían antojado unos pasteles en la confitería que había en la acera de enfrente (con toda la ancha Alameda de por medio) y sacarnos de allí de forma rápida y sutil. Los socios pasaron, el “Píntalo de negro” y la radio libre pasaron, Miguel Ángel Iglesias pasó (Dios le tenga confortablemente instalado en la barra de algún bar celestial junto a Silvio), el matrimonio de mi hermana pasó y hasta la pastelería de la Alameda pasó; pero Pepe y el Fun Club siguen ahí, viendo pasar el tiempo… Después volví muchas veces durante aquellos primeros meses; en ningún otro lugar era tan agradable beberse un bourbon con cola rodeado de collages expuestos en sus paredes, hablando con Rafa Iglesias en la presentación de su “Sureño”, o viendo en el escenario a Tarik y la Fábrica de Colores, que creo recordar que fue el primer concierto al que asistí allí. Y al igual que yo estuve en su primer día, del mismo modo, el Fun Club ha estado presente en algunas ocasiones que también han sido una primera vez para mí. La primera entrevista que hice para un medio escrito la hice en el Fun Club. Y me costaba trabajo entenderme con Manolo Raya en la sala de atrás mientras, para publicarlo en el “Boogie”, me hablaba de sus cortos con una voz filtrada por los ecos de los suizos Steven’s Nude Club, que tocaban en la otra sala y por los vozarrones de los cuatro bestias que estaban castigando a nuestro lado la mesa del futbolín, además de tener que desviar constantemente nuestra atención a la macizorra que nos mareaba cada vez que pasaba por allí con su explosiva minifalda. Mal que bien pude terminar para darme cuenta cuando volví de mear que los otros plumillas cabrones que andaban con nosotros me estaban haciendo pagar la novatada birlándome los apuntes que tanto trabajo me había costado tomar para tirármelos dentro de una de las cisternas. Solamente su mala puntería de borrachos evitó el desastre. El “Boogie” pasó, Manolo Raya pasó, los Steven’s Nude Club también pasaron y hasta la década de los 80 pasó; pero Pepe y el Fun Club siguen ahí, viendo pasar el tiempo… Llegaron los 90 y para que mi mujer me dejase seguir saliendo por las noches a ver conciertos de rock tuve que buscarme la excusa de que era yo quien los organizaba y no tenía, pues, más remedio que estar allí. Y cuando el proyecto de Producciones Informales se convirtió en algo unipersonal; es decir, el único loco que se empeñaba en seguir trayendo gente de fuera de España a tocar a Sevilla era yo, la primera vez que me embarqué en ello en solitario fue en el Fun Club. Chris Cacavas y Wilco Johnson nos dieron algunos palos anunciando que nos dejaban plantados prácticamente cuando los pipas estaban montando el escenario para sus actuaciones, pero la inestimable ayuda de Pepe Benavides hizo que pudiésemos disfrutar de otros buenos conciertos. En esta sala le presté mi hombro al bajista de los Inmates, aficionado al baloncesto como yo, cuando prácticamente se echó a llorar al enterarse por el televisor que había detrás de la barra de que Drazen Petrovic se había matado en un accidente; en esta sala le vi las tetas a la cantante de las Lunachicks e incluso compartí con ella una pizza traída del multicentro cercano. Y en esta sala intimé con un tipo tan peculiar como Barrence Whitfield, quien aún teniendo una formación cultural tan buena como para ser profesor en la Universidad de Bostón y además pertenecer a una minoría marginada como la de los negros, era un intransigente bastante hijoputa al que le molestaban los que trapicheaban por las noches y los maricones y que no se cortó un pelo a la hora de asomar su careto por la ventanilla de mi coche para, con esa voz que empleaba en los registros más altos de sus piezas de Rythm & Blues, gritar insultos a los  travestís que todavía por entonces se buscaban la vida en la Alameda, con gran vergüenza por mi parte y horror a las posibles represalias de las navajas de los transexuales aquéllos. Pasó Producciones Informales; Chris y Wilco también pasaron; los Inmates y las Lunachicks pasaron; Barrence y The Savages pasaron, los travestís de la Alameda pasaron y también la década de los 90 pasó entera;  pero Pepe y el Fun Club siguen ahí, viendo pasar el tiempo… Después, mis obligaciones laborales separadas de la música y mi estancia de algunos años en Huelva me apartaron bastante del Fun Club, pero a mi vuelta, la primera vez que necesité escaparme del ambiente pijo y envenenado de mi trabajo también lo hice en el “Fun Club”. Aquella noche arrastré conmigo a dos compañeros, uno con una gran pinta de seriedad y cara de Harry el Sucio y otro enorme tanto de alto como de ancho. Cuando aparcamos en la acera de enfrente y salimos del coche con nuestras chaquetas, nuestras corbatas medio desanudadas ya, y nuestro desaliño informal dentro de ir trajeados, la parte peatonal de la Alameda, que estaba muy concurrida, con todos los banquitos ocupados por corrillos de la gente habitual de por allí, se quedó prácticamente desierta; de pronto, casi todo el mundo decidió desaparecer. En la puerta del Fun Club nos hicieron algo parecido a una inclinación; al entrar me dio la impresión de que el volumen de las conversaciones bajaba bastante y casi solo se escuchaba la música… me daba la impresión… como de que la gente nos miraba mucho… demasiado… hasta que Pepe o quizás Milco se me acercó para decirme: “Quillo, haced el favor de quitaros de la barra y tomaros los cubatas en el salón ése de atrás, que tenéis a la gente espantá… macho… que es que tenéis un pinta de maderos que no veas…”. Mis compañeros de trabajo pasaron; los corrillos canallas de los banquitos pasaron; la primera década del nuevo siglo también pasó; pero Pepe y el Fun Club siguen ahí, viendo pasar el tiempo… Dos generaciones de indie sevillano se han inventado a sí mismos en el escenario del Fun. El club ha sido una sala para cualquier tipo de música que se haya hecho en esta ciudad; en ella han convivido los punkies de El Tardón con los shoegazzers del Aljarafe; los bluesmen de los garitos de la Judería con los raperos de Pino Montano; los músicos de la escuela del Prensa con los de las calles de Torreblanca; los radicales y politizados de la rama Reincidente con los fiesteros y gamberros del palo de los Vagos; los de la Zona Saturada y los del  Colectivo Karma; los influidos por el grunge de Seattle y los que lo estaban por el rave de Manchester; y Pepe Benavides les ha dado cancha tanto a las bandas que han llegado desde más allá de nuestras fronteras como a las más noveles de nuestros barrios que intentaron subirse a este tren desde las Nuevas Hornadas, luchando incluso contra la sinrazón de un público traidor que prefería quedarse fuera de la sala para no abonar el suplemento en las copas que les serviría de pago a los que tocaban. Me cuesta trabajo pensar que haya en Sevilla algún músico que no haya subido alguna vez al escenario del Fun Club; su lista de los conciertos celebrados sería un “Who’s who” del rock sevillano… e incluso del español.  La última vez que estuve en el Fun Club fue poco antes de comenzar este mismo verano, en el concierto de una prometedora banda sevillana que tocaba allí por primera vez. Los componentes del grupo, Delay Percutor, decían estar nerviosos por subirse al escenario de un lugar para ellos ya mítico. Estuvieron a la altura de las circunstancias. Pero el tiempo parece reciclarse continuamente para no cambiar nunca y en esta segunda década del siglo ocurre como en todas las anteriores. Por eso desgraciadamente hace solo unos días que los Delay Percutor también pasaron. Pero el Fun Club seguirá ahí, viendo pasar el tiempo…

Blogin´in the wind

Cerveza tras la jornada laboral, o sea, lo habitual, lo que viene siendo, como decía el Fiti. Vale, no es mi compañero, es mi nuevo jefe. Diez años menos que yo, pero es mi jefe. Tras la segunda cerveza me saca el rollo coleguita y suelta que estudió en Sevilla en los 90. Luego entró en la empresa y se ha pasado los últimos quince años haciendo la gran ruta: Europa, América, los Emiratos…y regreso a una Servalabari distinta de la que conoció. Pos vale. Y tras la cuarta cerveza la confesión: “Pues estuve tocando con un grupo en el último año que pasé en Sevilla, dimos unas cuantas tocatas en unos bares, incluso en un sitio que había en la Alameda que se llamaba Fun Club. Eso estará ya cerrado, ¿no?”. “Hmm, ¿cómo te lo diría yo?…” Unos días después, pudo comprobar conmigo que Fun Club sigue abierto. Y que, como él hace la tira de años, hay gente que sigue subiendose al escenario para tocar. Ya no hay tanto tránsito de amateurs que buscan una primera tocata y el abanico de estilos ha crecido y, de hecho, Fun Club es también una referencia en el rap sevillano. Los equipos de sonido son mejores. La decoración, a base de recuerdos de todos estos años, es insuperable y uno podría pasarse una vida entera langideciendo sobre las paredes de la Zona Abdon identificando músicos. Las copas son iguales, hay cosas que no cambian ni falta que hacen. Lo cual no quiere decir que esa noche no nos fuesemos con un extraño regusto. Cierto, el Club sigue allí, 25 años y a toda máquina. Pero ya no era el club que conocimos. Ni conocíamos a nadie ni la música que había en el escenario era la que nos movía entonces. No era nuestro ambiente, no teníamos otra cosa que hacer allí que tomar la copa y salirnos. Nos rendimos a la evidencia. Fun Club ha seguido avanzando y algunos nos hemos quedado atrás, muy lejos. Y no sé, tal vez sea cierto para los que vivimos intensamente la sala en sus dos o tres primeros años, los últimos de la década de los 80, y luego dejamos de pisar la calle hasta nueva orden. Incluso tal vez compartan ese sentimiento todos los que iban allí casi todas las semanas a comulgar con el blues caledonio y ahora no se reconocen en los que hay sobre escena. A lo mejor los amigos kármicos que se encargaron de convertir al fun club en un trampolín de la escena indie sevillana en la era post-92 notan a veces ese pellizco. Y otro tanto los que tuvieron la suerte de poder contar con la sala para organizar conciertos con bandas llegadas de USA y Europa. Parejo para los que vinieron después, testigos de tantos y tantos conciertos como ahora podemos ver en las paredes de la trastienda o en la galería de fotos de esta web, y que un dia se hicieron mayores y dejaron de pasarse por la parroquia rockera a recibir su hostia semanal. A lo mejor incluso la vieja guardia del rap sevillano ha notado cómo la sala ha seguido su avance y ellos suenan a lo del año pasado… Pudiera ser. Tal vez, sólo tal vez, se trata de que es dificil regodearse en los recuerdos cuando aún no están enterrados y, como en este caso, quedan aún tantos renglones por seguir rellenando desde esa acera de la Alameda. Porque la sala ha seguido creciendo y evolucionando, como lo ha hecho su entorno. La Alameda de los travestones y el mercadillo del domingo, glorioso punto de encuentro para todos los vacilones de la ciudad que aún no habían pillado la cama, ya es material para los cronistas. El plan Urban llegó y se fue. Coño, hasta Lopera llegó y se fue. Y Sanchez Gordillo también llegó y… ah, siempre hay una excepción. Bueno, pues si la ciudad ha cambiado en todo este tiempo, otro tanto lo ha hecho el Fun Club. Y sólo un puñado de incondicionales de la noche, la música o la marcha han sido capaces de seguirle el ritmo. Los demás no, y por ese motivo no pueden (podemos, qué coño) dejar de mirar a la sala con esa sensación de sentirte extraño donde antes fue tu casa. Eso sí, sin dejar de consultar la programación, que nunca es tarde para recuperar el tiempo perdido.